miércoles

#7

Cuando me mudé a Capital odié mi nuevo hogar. 
Era un departamento antiguo, con techos altos y los marcos de las puertas pintados de rojo furioso. Pasar de una casa con parque a eso era desconcertante y si le sumamos que había entre los muebles heredados una escultura de cemento con forma de cabeza humana con los rasgos perfectamente logrados, peor. Lo bauticé Bartolomé, creyendo que si le ponía nombre aterraría menos.
Mi mamá era hippie y mi papá, que se invitaba todos los domingos a comer ravioles, vendía especias en zona sur. Los recuerdo separados desde siempre, digo, no hay registros en mi mente de la familia unida. 
Como a cualquier adolescente me costaba horrores levantarme un mediodía dominical, casi que recién llegaba de bailar. Pero lo hacía. 
Acomodaba mi jopo ochentoso, me limpiaba el rimel desparramado de las mejillas con la sábana y vaciaba medio desodorante dentro de ese cuarto que olía a tabaco y alcohol. 
Sonreía al ver a mi padre, creo que de a ratos seguía enamorada de él.



1987



jueves

La habitación alemana. Carla Maliandi

El sábado fuí a ver la muestra del fotógrafo Mick Rock sobre David Bowie. Me encanta Bowie, su música, su arte, su creatividad, su vida.
Montaron la muestra en un salón de La Rural, en medio de La Rural. Me parece el lugar más desacertado para una muestra de fotografía porque la iluminación es malísima y los fierros del techo hacen sombra sobre las fotos. No se quién estaba a cargo pero pensemos un poquito.
Después de ver la película autobiográfica de Rock, que se llama Rock en serio, nada mas oportuno, salí con sobredosis de psicodelia.
A un nivel tan alto de excitación que caminé como quince cuadras sin darme cuenta.
Era de noche, el te de limón me hizo bien.
El domingo amaneció horrible pero no soy de las que se quedan en casa por el pronóstico del tiempo, así que agarré mi cámara y salí a caminar. Sin dirección ni estrategia.
Terminé en la Parroquia San Benito Abad, escuchando música clásica. No me pregunten cómo, no lo sé.
Un cafecito en La Abadía y vuelta a casa, se jugaba el clásico y la calle lo sabía.
Cabildo un domingo a las seis de la tarde toda para mi. Pasé por una librería y una fuerza natural me empujó para adentro.
Perdida entre los bestsellers, mi amor, estaba La habitación alemana de Carla Maliandi.
Claro que la reseña legal la van a leer en internet.
Solo digo que el relato te lleva a una velocidad increíble, NECESITAS leer el siguiente renglón siempre. Tres días me duró y porque leía sólo en el tren... bueno, soy culpable de leer un poquito caminando con este también.
Claro que si vas tan rápido terminas estrellándote en el final.
No me terminó de gustar el final, no está mal, no. Pero muchas cosas que necesitaba resolver como lectora no las resolví.
Para mí, que no soy crítica ni editora ni nada más que devoradora de libros.

Pueden probar el vértigo y contarme. O lo dejamos así.
Sigo con Murakami, me falta un cuento que dejé por la mitad cuando me topé con la habitación.
Encuentran semejanzas entre mi fin de semana y lo que leí? Pues claro! El destino está escrito. Cuack.






lunes

#6

Me encanta bailar. Sepanlo por si me quieren invitar.
Paladium era mi segundo hogar, tenía menos de veinte y piernas de metro y algo. La música me volvía loca y no era tímida. Sigo igual. 
Para los que no conocieron El Templo era un galpón con escenario, medio piso arriba donde funcionaba el VIP y balcones laterales con gradas. Abajo, la pista encerrada entre tarimas. La barra en el centro justo cuando entrabas. 
Quedaba en Retiro sobre la calle Reconquista, hoy hotel cinco estrellas.
Ahí tomé el frozen mas rico de la historia...si pudiera recordar tu nombre barman.
Una noche con minishort y medias red, agitaba sobre la tarima mientras las luces me acompañaban (genio Luis). Un chico me pedía que baje una, dos, cinco veces hasta que se le ocurrió agarrarse de mi pierna y tirar, casi me caigo, casi porque mi guardaespaldas intervino a tiempo.
El Pelado con un pequeño empujón corrió al muchacho tres metros y se puso atrás mío con los brazos cruzados. Nuestro amor no llegó a concretarse porque éramos muy famosos ahí, no estaba bien visto. Ja!
Ojalá sigas buceando mares Néstor.
Dicen que esa historia inspiró a Mick Jackson y en Hollywood lo mas parecido a mi que encontraron fue Whitney Houston.


1988



martes

No más Campanita*.

Siempre sonreí, siempre a pesar de. 
Fuí Campanita*, golpeé las manos, sacudí el polvo y arengué: "Bueeeenooooo ya pasó!! A volar". Tuve, aún tengo, la facilidad de levantar el ánimo de cualquiera. Incluyéndome.
Nunca me banqué la depresión ni la melancolía ni el bajón ni la tristeza ni la inercia ni la pereza ni el embole ni la enfermedad ni la apatía ni la cordura.
Necesitaba gritar todo el tiempo "que vivan las hadas!" (inserte papelitos de colores aquí)
Hace poco que disfruto sentir como mis ojos se llenan de lágrimas por impotencia o tristeza. Disfruto estar sola en casa puteando en todos los idiomas porque No Puedo Hacerlo Sola y al mismo tiempo decirme que está bien No Poder. Salir un poco de mi mundo de fantasía y absorber realidades. 
Lo disfruto y me lo banco.
Aguante ser vulnerable.
Ni siquiera soy rubia.

*Tinker Bell