jueves

gamma

No puedo resistir
el desamparo que siento,
cuando arrojas miguitas
de amor por las redes,
termino, siempre, hurgando
en la soledad 
de los rincones.


martes

*1987

A los 14 años empecé a ir a bailar a la matiné de Dimensión, boliche que quedaba sobre Avenida Córdoba a la altura de Salguero, los domingos a las 7 de la tarde. Éramos un gran grupo, todos hombres y yo. 
Mi infancia transcurrió entre varones, no era raro que tuviese más amigos que amigas. 
Uno de ellos vivía a diez cuadras de casa, se llamaba Carlos y gustaba de mí. 
Mi edificio -el del departamento de marcos rojos- no tenía portero eléctrico, ni teléfono ni ascensor. Cada vez que él pasaba por la cuadra, me lanzaba piedritas a la ventana del tercer piso.
Cuando escuchaba los golpecitos en el vidrio me asomaba y Carlos agitaba la mano como loco. Nos reíamos. 
Nunca nos besamos.


viernes

En qué ayer del mismo río. Mariana Sonego.

Confieso que he leído...sería el título de mis memorias, plagiando a un escritor español que publicó hace dos años un libro llamado así. 
Yo haría una gran reseña incluyendo todos las historias que pasaron por mis ojos. Mezclando títulos, haciendo lío como es costumbre.
Vamos al tema de esta entrada.



En qué ayer del mismo río es una novela llena de emociones intensas, tan claras. 
Un libro es lo que su lectura nos deja, me gusta pensarlo así, no puedo decir si es bueno o malo. Sí sobre las historias que contiene, y ésta es una buena. 
Lo que atrapa es la forma que tiene Mariana de contar. 
Hace un trabajo minucioso con las palabras, se nota el toque poético en una prosa que corre como el agua. 
La autora sabe dónde ubicar la tensión para luego ofrecer un lugar donde recostarse en la orilla. Maneja de manera precisa ese juego durante todo el texto. 
Habla del deseo, su eje central es el deseo.

Hay en esas manos una intensidad inusual. Parecen nacidas para tratar con lo que no entra en las palabras: traducirlo, transcribirlo, volverlo dúctil. Comestible. Son manos destinadas a trascender. Él quisiera apropiárselas, romperlas si fuera necesario, para absorber esa vocación innata para la felicidad.

Luna y Pedro, son medio-hermanos que se reencuentran después de mucho tiempo. La trama transcurre en un día.
Es una novela corta con dos tiempos narrativos ubicados en un mismo lugar, el Delta: En el pasado, un crimen del cual ellos fueron testigos. 
En presente, se mete en este reencuentro, con el deseo a flor de piel de ambos ya adultos. Los temores que cada uno tiene y el sentimiento de culpa sobre lo que intentan evitar.
En la intimidad de la isla, en medio de una tormenta, en tan solo veinticuatro horas los personajes se reconstruyen, se recuerdan y se sienten.

Está bien que ella llore y se limpie, que se vacíe hasta desfondarse, que el olvido no sea el monstruo del que se huye, sino la sombra tibia a la cual arribar, piensa Pedro, mientras Luna tiembla a su lado.

La voz la lleva un narrador que va y viene por la historia,  por momentos trata de entender como un lector. Como si no supiera qué va a pasar.
Cuenta como si estuviese leyendo el texto en ese mismo instante.
En una entrevista Mariana Sonego explica que el epílogo y los epígrafes del libro tienen un poco que ver con este tipo de narrador. Clarice Lispector, Chantal Maillard usan este estilo: "Es poesía el verso que describe fríamente aquello que acontece? Pero ¿qué es lo que acontece?
Al final esto se va resolviendo, y me di cuenta por qué la narración es así.

Tiene pasajes maravillosos que son para marcar. Párrafos que me dejaron con la boca abierta, tratando de asimilar la respuesta de mi piel a la belleza de las palabras. Fui parte de las dudas de los personajes, del miedo, el deseo. Casi al final, cuando Luna y Pedro van dejando atrás las preguntas, cuando ceden a la tentación, la intensidad es increíble. 
Mis mejillas se acaloraron y no es algo que pase seguido. Muy bien logrado el encuentro, con un desenlace que no imaginé para nada.

Es que el deseo es una fuerza que no se sabe, pero surca espacios exigiendo consumarse. Tan amoral como la naturaleza misma, es capaz de anudarse a los lugares insospechados. Un taco, un rulo, el lóbulo de una oreja pueden convertirse -indistintamente- en el fermento y su chispa incendiaria.

Sorprende gratamente este libro. 
Durante toda la lectura me dejé llevar por el movimiento del agua, quien haya nadado en el río sabe que todo cambia en cuestión de minutos. 

Da placer encontrar nuevas voces que te lleven de a poquito por la trama, con ganas de saber más.


En qué ayer del mismo río.
Mariana Sonego 
Indómita Luz Editorial

Mañana sábado 17 de agosto, a las 16 hs en el programa Kriminal Mambo SOMOS RADIO AM530, voy a estar leyendo un fragmento de este precioso libro. Pueden sintonizarlo en el dial o escucharlo por internet.
Buen fin de semana para todos.

#bollito

Dejá que me siente con vos en el sofá, me haga un bollito, apoye la cabeza en tu hombro y bese tu cuello.
Sienta ese perfume que no tiene marca, tu calor sin cargo fijo.
Quiero mimos en el brazo con la punta de los dedos.
Que me abraces.
Te lleves la ansiedad que tengo encima con un beso que abarque cada milímetro de mi boca, desde la comisura hacia el centro.
Que no me quede aire.
Que no me falten ganas.
Que sea lo que sea.



miércoles

Collage vitae. Sebastián González.

Collage es una técnica que consiste en ensamblar distintos elementos en un todo unificado.
Juntar partes, hacer que formen algo que se defina en conjunto, aunque cada "material" que lo constituya tenga su propio sentido.
Collage vitae, collage de vida dice el prólogo de Nora Coria.
La vida misma, somos pedacitos de distintas cosas formando un todo.
La poesía no es ficción, parece una obviedad, pero lo que pretendo decir es que es muy fácil ser otro cuando uno escribe un cuento o una novela, por ejemplo.
La persona que escribe poesía derrama/vomita su ser en la hoja en blanco, encuentra la forma perfecta de envolver emociones de todo tipo en lenguaje poético.

Collage vitae y mis post it, en invierno.



(...)
Vomito hilos de palabras,
los arranco de mis entrañas.

No hay manera de esconderse detrás de un personaje cuando se escribe poesía, cualquiera sea la técnica, estilo barroco o muy moderno. Uno se expone, se arma y se desarma con cada verso. 
Eso pasa en Collage vitae.
Sebastián escribe claro, no necesita adornos en su escritura. Es conciso, por momentos duro y en muchos otros comparte una frágil sensibilidad. 
Te habla del amor desde los dos costados, viviendo a pleno en él y, a la vez, temiendo su ausencia.
Se muestra vulnerable y los lectores sentimos que todo: las dudas, los miedos y esa fragilidad, son parte de este collage de vida que vamos armando. Que está bien que así sea.

La miro y no tengo dudas,
eso me aterra
porque en lo firme de la incertidumbre
eran felices mis pies inquietos.

Pero también nos demuestra que se pueden expulsar las perplejidades, que atravesando ciertos procesos uno llega a exteriorizar lo que "raspa adentro".
Que siempre se puede cambiar, bajar el ritmo, observar, sentir más o menos pero no quedarse callado.
Voy a transcribir Decir

Hoy brindo por poder decir.
Porque aprendí a decir
para que nada se pudra adentro, 
para evitar olores nauseabundos
cada vez que inhalo.
Decir.
Decir de cualquier manera.
Ya sé, tal vez
lo dirías distinto.
Igual, no dejes de decirlo, 
de gritarlo cuando necesites,
de susurrarle a alguien
mientras te abraza.
Decir, 
para evitar
el hedor interno de lo callado.


Me gustó mucho haber podido rescatar oraciones sueltas que, leídas fuera del contexto del poema, despertaron varias cosas. Abría al azar y armaba un texto nuevo, como un juego.
¿Cómo no va a ser un collage?




Collage vitae 
Sebastián González