viernes

#5

Cuando me mudé a Capital odié mi nuevo hogar. 
Era un departamento antiguo, con techos altos y los marcos de las puertas pintados de rojo furioso. Pasar de una casa con parque a eso era desconcertante y si le sumamos que había entre los muebles heredados una escultura de cemento con forma de cabeza humana con los rasgos perfectamente logrados, peor. Lo bauticé Bartolomé, creyendo que si le ponía nombre aterraría menos.
Mi mamá era hippie y mi papá, que se invitaba todos los domingos a comer ravioles, vendía especias en zona sur. Los recuerdo separados desde siempre, digo, no hay registros en mi mente de la familia unida. 
Como a cualquier adolescente me costaba horrores levantarme un mediodía dominical, casi que recién llegaba de bailar. Pero lo hacía. 
Acomodaba mi jopo ochentoso, me limpiaba el rimel desparramado de las mejillas con la sábana y vaciaba medio desodorante dentro de ese cuarto que olía a tabaco y alcohol. 
Sonreía al ver a mi padre, creo que de a ratos seguía enamorada de él.



1987

martes

La mujer que dijo adiós.

La mujer de tu vida
cuando necesitabas sentir
que todavía era tuya
que la sentencia a ser la mujer de tu vida
respondía a tus mensajes.
Cuando necesitabas hacer
todo lo que con la otra te costaba
toda la novedad en un 
cuerpo lleno de rutina
el aire fresco a tus partes 
íntimas.
Que no se negaba
que siempre quería
la mujer de tu vida
decía que sí.
"Vení"
Y vos llegabas con la 
sonrisa no falsa
pero efímera.
Llegabas y tenías a 
la mujer
que querías pero no podías.
Llegabas y gozabas.
Sin reclamos.
Sin reproches.
Sin dolores.
Sin 
mentira.
Hasta un día que
la mujer de tu vida
sin mensaje ni 
excusa,
te dijo adiós.




viernes

Un artilugio inverosímil.

Tres Sargentos y Reconquista, jueves a las seis de la tarde, pleno invierno y ella con chatitas. "No tenes frío?" -dice él con sobretodo largo y sonrisa congelada. En ese momento la cabeza de ambos disparaba para distintos lados. 
Mientras sus pelos largos levantaban vuelo con el viento del Bajo y las ideas eran alarmistas y desalentadoras, los pocos mechones que él aún conservaba luchaban por no pegarse a una frente llena de preguntas. 
Cuánto tiempo callados, mirándose con intriga. Sabrán qué hacer cuando pasen los diez primeros minutos de incomodidad?
Tomaron el único taxi que paró, paró porque él se puso enfrente. 
Conseguir un taxi vacío en esa zona no era fácil. Él se acomodó y apoyó el brazo en el respaldo como diciendo vení, vení y abrigate. Ella giró el cuerpo enfrentándolo como diciendo no, no me resguardo más en tu calor.
El viaje al norte de la ciudad demoró como una hora, hora pico, hora densa, llena de silencio. Qué decir cuándo no hay nada más por decir. Romper el hielo a pesar de la calefacción y el chofer, que tenía la mirada más en el espejo retrovisor que en el frente, quiso dar charla pero ninguno de los dos quiso seguirlo. No, las palabras no sirven de nada. 
Cuando llegaron al departamento y ella dijo de sí misma que era un caos, él la miró y le contestó pero que bonita sos, caótica pero bonita.
Y así a modo de despedida se dieron un abrazo prudente. 
Ella tomó su bolso de mano y cuando estaba por cruzar la puerta para irse recordó que no había guardado el cepillo de dientes. Qué más da. 
Él abrió la boca, abrió la boca para decir que qué pasaría si fueran distintas las cosas, qué pasaría no sabe no, lo que sabe es que la volverá a ver. 
Sin embargo no pudo soltar palabra. Ella lo miró y le dijo yo también lo se
El avión salía en menos de dos horas, durante tres años iba a estar fuera del país. 
Fue su excusa perfecta.




jueves

Esperar.

Quiero tenerte cerca, no importa en qué circunstancia.
No importa si es sólo para mirarte.
No me molesta compartir el tiempo nuestro con otros ni con ella. Aunque ella ya no esté acá. Sigue presente.
Quiero tenerte cerca porque casi que hacemos chispazos, porque me miras con magia.
Y la verdad es que no tengo más nada que hacer.


viernes

Por favor.

Si alguna vez pierdo las ganas, si me come la rutina. Si defenestro el entusiasmo y veo todos los colores en blanco y negro. 
Si me ves con la frente fruncida, la mirada perdida. Si digo cosas ridículas como: que insoportable la humedad -cada diez minutos-.
O te das cuenta que no vi el atardecer sentada en el balcón, en serio, decime las palabras más lindas que te salgan. Mirame con esos ojos tiernos y protectores. Abrazame como oso (es envolviendo mi torso con ambos brazos, tus axilas sobre mis hombros y mi cabeza sobre tu cuello), apretá fuerte.
Si alguna vez me pierdo, no dejes que compre libros tristes, ni que mire de reojo los noticieros. 
No me dejes ahogar en el desconsuelo de los otros. 
Tomá mi cara entre tus manos y pedime que vuelva.